CÓMO ME HICE RELIGIOSO
Mi principal interés para entrar en la comunidad para la mejora de la conducta fue participar en un gran proyecto de cambio social.
Me enteré de la existencia de la comunidad o movimiento por los medios de comunicación. La idea de una organización pacifista dedicada a hacer un mundo mejor mediante el compromiso militante de personas motivadas por sus convicciones humanistas de tipo laico me resultaba atractivo. No era política, no era religión. Lo que me costaba entender era el tema del conductismo. Me parecía innecesario y que encubría quizá una manipulación sectaria.
Contacté por internet con un creyente del primer círculo, es decir, uno que vivía en comunidad de asistencia humanitaria. Ahí me explicó cómo funcionaría la evolución moral a partir de una subcultura de tipo monástico: crear un ideal de comportamiento que abarque un estilo de vida y proporcione a los integrantes recompensas de tipo afectivo que los compensen por los inevitables sacrificios.
Entendí la teoría, pero tuve mis dudas sobre si en mí podría llevarse a cabo esa transformación conductual. En mi caso particular, me consideraba una persona bien integrada socialmente, solo que echaba en falta un compromiso ideológico.
Acababa de terminar mis estudios como ingeniero de grado medio y la mayoría de mis amigos se encontraban en un ámbito social e ideológico parecido al mío. A todos les pareció una insensatez intentar transformar mi comportamiento de la forma estereotipada y teatral que la comunidad proponía.
Sin embargo, yo me dije que si hasta ahora un proyecto como éste no ha existido, quizá se deba a que hasta ahora no se ha utilizado este sistema de "autolavado de cerebro" para construir un estilo de vida no agresivo y altruista.
Así que me tomé unos días para visitar uno de los "monasterios" o "comunas" del movimiento para la mejora de la conducta. Desde el primer momento me impresionó el efecto del cambio conductual.
Se me asignó un creyente como guía y después asistí a las sesiones en las que, un poco al estilo "Alcohólicos anónimos", repasan las actividades del día y los problemas y dilemas relacionados con el cambio de conducta. Aquí lo que me impactó fue la fluidez de las discusiones, cómo se condensaban los contenidos, eliminándose todos los giros retóricos habituales en el lenguaje cotidiano. Cómo se callaba cada uno cuando hablaba otro. Cómo trataban de reducir los argumentos para que las críticas de los otros fuesen más precisas. La falta de amor propio, de vehemencia o de disimulo. Me explicaron que todo eso era deliberado, que respondía en parte a una casuística.
Ahí me conquistaron: crear un sistema de expresión, crítica y debate basado en principios evaluativos directos solo puede hacerse a partir de un control del temperamento y de una base ideológica segura. Entendí entonces la necesidad del cambio de comportamiento y "cambié el chip", cosa que no me resultó muy difícil, pero a la vez era enormemente perceptible.
La idea de ser una especie de monje cristiano humilde, caritativo, pacífico e incluso casto me pareció muy sensata porque es la única forma de sacar adelante un proyecto comunitario activo. Los creyentes más documentados me explicaron que todos los cambios culturales, incluyendo cambios sociales y económicos, tienen base conductual y que las estrategias religiosas son las que más ayudan al cambio conductual.
Así, se pasaba del estilo heroico de los griegos pre-clásicos a la idea del caballero-filósofo a lo Platón y Aristóteles, al ideal del renunciante-filósofo a lo estoico (o budista), al ideal del santo cristiano, del caballero cristiano, del monje cristiano, del humanista, del reformista cristiano, del puritano. Cada estilo de comportamiento implica un "primado psicológico" que orienta el temperamento hacia soluciones diferentes en las relaciones humanas y con el ideal social.
Aunque por temperamento nunca me he considerado un cordero, ahora me doy cuenta de la conveniencia de esforzarme en serlo. La atención a la conciencia dramatúrgica -evitación del histrionismo o sobreactuación- me guía en ese aspecto, pero sobre todo el modelo de quienes son ya veteranos.
El fenómeno de la militancia es un incentivo. La idea de participar en un gran proyecto de cambio social -como si fuésemos marxistas o incluso nacionalistas- genera entusiasmo que tenemos que moderar utilizando principios conductuales de modestia y humildad. Pero los resultados son innegables.
Vivir en un monasterio orientado a la caridad exige renuncias. Las renuncias no son buscadas, la mortificación no es de interés de nadie, por ninguna de las muchas herejías de la comunidad, pero dadas las situaciones de desigualdad económica -la "catástrofe", como algunos llaman a la ilógica situación de precariedad que millones de personas viven en un mundo de alta tecnología- no nos queda más remedio que canalizar recursos hacia las personas necesitadas.
Como soy ingeniero, estoy actualmente integrado en un círculo de profesionales que desarrollamos, en fase inicial, todo tipo de proyectos. Vivo en uno de estos monasterios y, aparte de dedicarme a modestas tareas técnicas de mantenimiento, se me insta al estudio y desarrollo de estos proyectos. Ayudo un poco en la cocina y eso. Participo en las sesiones diarias de "mejora de la conducta" y disfruto de las únicas recompensas que te ofrecen aquí: las relaciones afectivas de extrema confianza en el marco de una comunidad sin agresión. Eso es, el amor mutuo y la fraternidad. Yo ya tenía amigos antes, pero no de esta clase, no tan íntimos, ni tan cómodos, ni tan cálidos.
Por otra parte, el sistema de intercambio de ideas, el debate crítico no agresivo, el razonamiento evaluativo, proporcionan tal cantidad de contenidos que yo, por lo menos, no me aburro ningún día. Es el entorno más creativo que he conocido.
Me han convencido, de pura lógica, para que participe en la formación de un nuevo "monasterio" donde, aparte de las tareas humanitarias de asistencia a discapacitados, también se formarán técnicos y habrá tiempo suficiente para participar en proyectos a gran escala. Estos proyectos se elaboran entre grupos que se encuentran físicamente muy alejados, por redes.
Me siento religioso. Mis antiguos amigos que han venido a verme me han encontrado cambiado. Mi forma de expresarme, mi prosodia, es diferente. No me encuentran frío ni "raro", pero les sorprende que use ahora frases muy cortas, contenidos muy concretos, que haga pausas cuando no entiendo algo y tome notas, que nunca exprese disgusto, impaciencia o indiferencia. Mi sentido del humor también ha cambiado. Me encuentran serio, pero afable. No han detectado histrionismo, lo que me alivia. Creo que alguno de ellos también se convertirá.
La vida modesta, compartir un pequeño dormitorio, dieta vegana, tener poca privacidad no me molestan mucho. Ya digo que no se trata de mortificación, sino de ser consecuente con la pobreza y precariedad mundiales que tenemos que intentar remediar. Tampoco me molesta mucho la escasa vida sexual que se da aquí. Encuentro a las mujeres creyentes de una dulzura que jamás había imaginado. Se dan relaciones homosexuales entre chicos para aliviar la tensión sexual no deseada. Eso al principio me extrañaba, pero vencí el prejuicio. No descarto practicarlo algún día.
Las intrusiones son escasas, al menos de momento. Los intrusos son personas que, o bien por padecer trastornos mentales, o por formar parte de la marginalidad social o incluso por animosidad contra nosotros, perturban nuestra preciada paz en comunidad. Hasta el momento, los protocolos al respecto, basados en la casuística conocida, han controlado estos casos.
Hasta el momento, no tengo mucha actividad de ocio. Mi principal tarea es el estudio técnico con vistas a proyectos de gran impacto. Eso me exige esfuerzo intelectual, de modo que no leo tanto como otros. Las sesiones me relajan y a veces mantengo diálogos un tanto socráticos, con creyentes más veteranos, que me afirman en la creencia y me reconfortan. Pero mi ocio principal es pasear un poco, o tumbarme en un sitio tranquilo y silencioso. Estamos en una zona rural.
Siento que mi estilo de vida se ha asentado. No tengo más aspiración que seguir este modelo específico de vida feliz. Pero el proyecto humanista, de economía altruista y abrir camino a un mundo mejor, eso acaba de empezar.
Sí, soy religioso. Creo que hago vida de monje o sacerdote, que siento emociones íntimas de tipo social, de compartir una fe, de haberme adaptado, como individuo consciente, de vida afectiva, a una comunidad de creyentes. Es probable que experimente todas las emociones positivas y gratificantes propias del estado religioso de otros tiempos, pero sin caer en el espejismo de las creencias en lo sobrenatural. Todo aquí es natural, aunque modelado por una intencionalidad de cambio humano para mejor. Las renuncias se aceptan con naturalidad, se comparten y uno encuentra incluso cierta satisfacción en afrontarlas.
No he experimentado nada de tipo místico u "oceánico". Creo que eso es bastante parecido a las experiencias estéticas y quizá yo no tenga esa sensibilidad. "Epifanías"... bueno, si, hay momentos especialmente gratos que se sienten de forma especial. Esto es más próximo a la literatura.
Para mí, es una buena vida. Inesperadamente buena considerando el convencionalismo del que partía.
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