DE LA RAZÓN A LA EMOCIÓN
Yo estaba interesado en la acción humanitaria apolítica. Entendía que una política progresista podía ayudar a las causas humanitarias, pero una acción humanitaria bien calibrada podía tener efectos políticos progresistas, pues entendía que la acción política conservadora es despiadada y no se preocupa por el sufrimiento de los más débiles.
Colaboraba económicamente en diversas agencias humanitarias siguiendo el criterio utilitarista: el mayor bien para el mayor número. De ese modo, por ejemplo, no interesa tanto ayudar a los drogadictos de mi ciudad rica porque por el dinero que cuesta asistirlos puedo salvar la vida de mucha gente pobre que vive en los países más desafortunados al sur del Sahara.
Entonces leí la propuesta para crear una ideología mediante la cual podría organizarse una minoría de "santos" que pudiera llegar a ser muy influyente en la sociedad sobre todo por sus efectos culturales: crear una especie de monasterios de personas no agresivas, racionalistas pero con un estilo de vida que evocase poderosamente emociones de caridad, humildad y benevolencia. Me pareció ingenuo intentar hacer algo racionalmente que más bien pertenece a la emotividad de los creyentes en las divinidades. Pero cuando visualicé el efecto que un fenómeno semejante -sin precedentes- podía tener en el gran público, me puse a reflexionar.
Entré en un espacio de discusión sobre el tema. Mi opción seguía siendo encontrar medios para seguir enviando ayuda a las personas necesitadas aquí y ahora. Sin embargo, reconocía que la aparición de un fenómeno ideológico equivalente a un cristianismo "puro" racionalista y ateo podía producirse a muy bajo costo y quizá tuviese una gran repercusión. Al fin y al cabo, enviar ayuda humanitaria puede ser inútil si los fenómenos sociales que generan desigualdad siguen persistiendo. Yo entendía que, en el fondo, contribuyendo de forma racional a la acción humanitaria, estaba dando testimonio de la voluntad de cambio social. Tanto más podría hacerlo una iniciativa que, aparte de enviar ayuda humanitaria, estaría desarrollando una psicología de la benevolencia a gran escala, a nivel cultural.
Mi principal objeción tenía que ver con la teatralidad del movimiento monástico. Si se quiere promover la benevolencia, la empatía y la caridad (eso sin duda influiría en la ayuda humanitaria) no me parecía que el exhibicionismo gestual fuese el mejor camino. Ellos me contestaron que se trata de algo parecido a crear literatura y, sobre todo, ofrecer compensaciones afectivas a cambio de la tarea altruista.
Tenía que comprender que las motivaciones siempre son privadas. Quizá yo entraba dentro del idealista que afirma que "las cuestiones personales no le afectan", pero, cuando menos, tenía que reconocer que si las personas motivadas personalmente se sumaban a un gran movimiento inequívocamente humanitario, entonces el resultado podía crecer exponencialmente.
La motivación de vivir en un entorno de cero agresión, de benevolencia interiorizada y de desarrollo de estilos de conducta gratificantes podía arrastrar a muchos.
Y, a mí, personalmente ¿me motivaba la idea de vivir en una comunidad organizada en base a una implementación sistemática de conductas benevolentes y afectivamente gratificantes? Cuando menos, sentía una viva curiosidad acerca de hasta qué punto se podía llegar por ese camino.
Cuando se pusieron en marcha las primeras experiencias, los primeros "monasterios", estuve muy atento de lo que me comunicaban de sus vivencias. Cuando surgió la idea de hacer un "reality show" para la televisión comercial, aunque al principio sentí la inevitable punzada de repugnancia, luego pensé que podía ganarse mucho con ello.
Encontré que el factor que hacía más efecto era de tipo emocional. La representación dramatúrgica de un estilo de vida centrado en la caridad y la benevolencia llamaba mucho la atención. Por supuesto, para la mayoría era una rareza y un motivo para las burlas, pero para una importante minoría suponía una convincente demostración de que las relaciones personales de extrema confianza, sin agresión y con contenido ideológico, podían ser viables. Y si tienes a una minoría cohesionada... entonces ya lo tienes todo.
Creo que en la vida convencional yo era bastante afortunado. A diferencia de muchos otros que por problemas personales de inadaptación se unen a la comunidad, yo simplemente me sentía vinculado emocionalmente a un idealismo de tipo social. La idea de transformar mi vida privada, mis relaciones personales, mi estilo de vida para servir a mi idealismo al principio se me resistía. Luego comprendí que se trata de un sacrificio menor que aquel al que se sometían hace cien años muchos marxistas. Que tenían la vida resuelta y lo tiraban todo por la ventana debido a su compromiso político. Si mi ideal social es mucho más viable que el del marxismo, ¿voy a renunciar a él simplemente porque no quiero corregir mis errores emocionales y conductuales en el marco de un idealismo de evolución cultural que es innovador y casi con seguridad altamente efectivo?
Así que he emprendido un proceso de mejora de la conducta. Ahora utilizo menos el sentido el humor -ironía cero-, evito el histrionismo, la vehemencia, hago exámenes de conciencia, hago prácticas de primado psicológico para potenciar en mí la benevolencia, la empatía, la amabilidad.
Noto los cambios y en general me parecen buenos, que gano mucho más que lo que pierdo. Noto que estoy entrando en algo real, consistente. Tengo más amigos y mejores, aunque he perdido otros. Quizá me divierto menos pero no me aburro nunca.
Mi vida sexual no ha empeorado porque mi compañera y yo hemos entrado juntos (y a ella le fue mucho más fácil).
He perdido calidad de vida. Vivir en plan comuna, en plan monasterio presenta pequeños inconvenientes, aunque también hay beneficios: la asistencia de proximidad por parte de los demás creyentes.
A nivel intelectual, he incrementado enormemente mi visión exacta de la realidad. Hay sugerencias de todo tipo. Las conversaciones son muy densas, muy rápidas, didácticas, informativas. Ideas, argumentos, juicios evaluativos... están en el aire, a todas horas. No hay tensión dialéctica, pero muchísima intensidad intelectual.
Me agrada que me corrijan. Me agrada moderarme, reprimirme. Ser humilde es gratificante, sobre todo en convivencia con otros humildes.
Y hay una tarea por delante que, hoy por hoy, parece espectacular.
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