La invención de los Godots (iniciativa individual)

    Jose pensó que no estaría mal dormir en la calle, ser, más que vagabundo, "sin techo". Él tuvo la idea, y Pepe decidió seguirlo. Incluso pensaron que quizá valdría la pena cambiarse de nombre. Los vagabundos, por lo que Jose había leído, a veces lo hacían, pero quizá eso iba contra el estilo de vida.


  Se le había ocurrido porque llevaba varias semanas durmiendo en la terraza, en un saco de dormir. La intemperie. Y dormía bien, calentito.


  Jose era un jubilado reciente con buena salud. Más de cuarenta años como pequeño funcionario. En ese tiempo se pagó una vivienda que ahora había vendido para hacer caridad. El caso de Pepe era un poco irregular, pues aún no estaba jubilado y había abandonado el domicilio familiar debido a problemas personales graves (sus familiares le habían hecho sentirse acosado). Cobraba un pequeño subsidio para pobres pero a su edad y con su nula cualificación difícilmente iba a encontrar trabajo. Si lo encontraba, sería muy mal pagado y probablemente le arruinaría física y psíquicamente.


  Viviendo como sin techo podrían ahorrar todos sus ingresos para dedicarlos a la caridad y quizá, muy probablemente, podrían hacer alguna labor social de asistencia. Sobre todo, su nueva iniciativa podía propagarse y servir para el proselitismo del movimiento para la mejora de la conducta.


  Lo consultaron con Antonio, cuyas circunstancias en el piso compartido no eran mucho mejores que las suyas, si bien hacía una tarea bastante intensiva en lo doctrinal y organizativo. Antonio dio su aprobación, y los demás del piso, aunque hicieron muchas preguntas, aceptaron que podía ser una buena idea.


  Sumando la jubilación mínima de uno y el pequeño subsidio del otro, eran unos mil quinientos euros. Se suponía que podía salvarse una vida enviando cuatro mil euros a los países más pobres de África, para las campañas contra la malaria y otras enfermedades mortales fácilmente prevenibles. 


  La comunidad para la mejora de la conducta se basaba en buena parte en el consuelo y el apoyo afectivo. Al generar un estilo de vida cuyo objeto era la máxima confianza y las habilidades afectivas, la soledad se soportaba mal. Jose tal vez no se habría atrevido a dar el paso sin Pepe.


  Una cosa mala es que no se encontraba motivo para seguir en la misma ciudad. Eso sí amenazaba soledad. Lo más apropiado era dirigirse a una ciudad donde la comunidad aún no contara con gente, a lo más, algún simpatizante.


  Valleverde estaba a treinta kilómetros de la Ciudad, contaba con unos treinta mil habitantes y la única persona que tenían allí era a Lidia, una simpatizante, ama de casa y madre, cuya vida social se limitaba casi exclusivamente a Internet, un poco teléfono y algún raro encuentro presencial. Hacía alguna donación a caridad y algún otro servicio.


  Cuando todo quedo aclarado, Jose y Pepe hicieron sus macutos y se fueron caminando hacia Villaverde. Los billetes de autobús eran baratos, pero prefirieron hacer ejercicio. Charlarían por el camino.


  Salieron muy de noche, no hacía mucho frío.


  Durante el camino hablaban acerca de la posibilidad de asistir a personas desamparadas. Había muchos casos de ancianos abandonados. Lidia se había puesto en contacto con algunas asociaciones caritativas, asistencia social incluida, de modo que Jose y Pepe, aparte de ahorrar sus subsidios para hacer caridad, podrían ayudar a personas necesitadas. Hacer caridad asistencial, pensaban, siempre sería mejor que trabajar en una cocina.

    

  Pensaban que poco a poco se organizarían. Llevaban enrollados unos cartelones donde explicaban su situación: "SOMOS INDIGENTES QUE PRACTICAN LA CARIDAD. VIVIMOS EN LA CALLE PERO NO NECESITAMOS DINERO. NOS OFRECEMOS PARA ASISTIR A PERSONAS EN SOLEDAD"


  Como la comunidad para la mejora de la conducta aún no era muy conocida, no harían muchas referencias a ello.

  

  Si todo salía mal, siempre podían volver al piso, claro. Podían enfermar, ser agredidos o no avanzar nada.


  Pero en general estaban bastante ilusionados. Iban tal vez a iniciar una nueva estrategia de benevolencia.


  Jose le comentó a Pepe que ambos tenían algunas diferencias en el estilo del comportamiento, pero pensaba que mejorarían mucho con la convivencia. Que serían como familia, como "hermanos" bien avenidos.


  A Pepe le parecía que Jose era un poco como Antonio, más de libros, de teorías. Pero Antonio llevaba más tiempo, estaba muy metido en la informática, era más inteligente y cultivado aún. Pepe aseguraba sentirse muy satisfecho en cómo había avanzado en estilo de comportamiento: hablaba mejor, sabía guardar silencio, se sentía más seguro. Pepe creía que el nuevo estilo de comportamiento de benevolencia, altruismo y caridad podría atraer a mucha más gente. Gente menos de libros de Jose y Antonio.

  Cuando por la mañana llegaron, cansados pero bastante animosos, a Villaverde, a ambos les pareció que Lidia, una mujer de casi cincuenta años, era también un poco así. Había leído algunas novelas que le habían recomendado, y entendía bien la doctrina, pero no parecía muy interesada en la ideología. En la comunidad había encontrado una creencia por el estilo de las antiguas religiones. Amor y caridad.


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